Miróbriga (pilar2005@hotmail.com)
A veces danzan las letras... a veces se quedan quietas... a veces aparecen en sueños para perderse entre brumas espesas, a veces se escribe para escapar... a veces te enredas entre palabras y te ves de cerca, a veces dices tanto con tan poco... a veces por mucho que escribes están mudas tus letras.
martes, 7 de abril de 2026
domingo, 22 de marzo de 2026
viernes, 29 de agosto de 2025
domingo, 11 de mayo de 2025
lunes, 14 de abril de 2025
miércoles, 26 de febrero de 2025
domingo, 26 de mayo de 2024
martes, 14 de noviembre de 2023
sábado, 11 de noviembre de 2023
YO CREO EN DIOS.

Muchas veces he pensado en la muerte, en el más allá, ese misterio que tanto atemoriza a unos e intriga a otros y, que los (o nos) lleva a averiguar qué es lo que hay detrás, algunos dicen que no hay nada y otros que les da igual.
Yo me pregunto muchas veces, -sabiendo que el cuerpo sí es corrupto, que se funde con la tierra por que tiene materia carnal-, si los sueños siendo de materia espiritual, algo etéreo, se pueden borrar tan fácilmente, si las inquietudes, los proyectos y las ansias de vivir y de amar se quedan en el olvido, entonces ¿qué pasa con los recuerdos...? ¿Y el pensar...?
El futuro añorado, soñado tantas veces, aquél que todos tenemos en mente como lejano, lleno de bienestar y tranquilidad ¿no se realizará...? ¿Y el pasado...? ¿Eso también se va?
Las caricias que hemos regalado con tanto afán, los besos de cariño o de amor que dejamos impregnados en los demás y que nos generan tanta dicha, energías positivas capaces de mover el corazón de los demás ¿eso también se va?
Las cuentas... las letras... el don de dibujar...el construir con las manos... formar un hogar... pasear... pensar... o un simple meditar, ¿eso también se va?
Alguien me dijo una vez que todo lo que sale de nuestro espíritu se volatiliza, como se volatilizan las ondas de radio, que las lanzamos al aire y desaparecen sin más; me niego a pensar que esa energía capaz de hacer que un instrumento sin vida actúe, o que mueva un objeto, se desvanezca con tanta facilidad, cuanto más nuestro yo interno que con una palabra es capaz de hacer reír o hacer llorar, que nos mueve a actuar con una simple mirada y que con el roce de un simple dedo hace que el corazón lata con menor dificultad, me niego a pensar que todo ese espíritu, energía interior, se pierda sin más.
Un tiempo triste se recuerda lejano, el tiempo de los seres queridos que se han ido, algunos dicen que ya nunca, de ningún modo, volverán, no lo creo.
¡Para qué tomarse tanta molestia en fabricar un ordenador, por ejemplo, si no tuviese mayor utilidad que unos míseros segundos! Con mayor razón, pienso yo, el cerebro humano que es capaz de almacenar bibliotecas enteras de saber, de llenar estanterías enteras de recuerdos, y que es capaz de formar y deformar complejos sistemas para amoldarlos a su interés, todo eso ¿para qué? ¿para nada? ¿para vivir apenas 70 u 80 y después desaparece? No lo creo...
Yo creo más bien, sí, creo firmemente en que un mañana mejor nos espera, en un mundo adonde se viva feliz, ese mundo que llevó a historiadores a inmortalizarlo en sus escritos, a los aventureros intrépidos que gastaron sus vidas en buscar en los confines de la tierra incansablemente esa fuente de la vida o de la eterna juventud como Ponce de León; creo en ese “Shangri-Lá” como el del escritor James Milton, o como el de “Un Mundo feliz” de Aldous Huxley; Yo creo, sí, en que la vida no se limita sólo a nosotros y nuestro planeta, ¿a qué si no esa búsqueda interminable de lo desconocido en otros planetas? ¿a qué la espera de que un ser humano o una cara conocida nos dé la respuesta? No soy yo sola la que busca, no.
Yo creo en un creador inteligente, que hizo los cielos para deleite de nosotros, los humanos, criaturas que formó con tanto cariño y tesón y en las que puso tanta confianza, de no ser así ¿para qué crear tanto si nadie lo va a habitar?
Creo, sí, en el que hizo el mar y el enjambre de criaturas vivientes, conocidas y desconocidas, aquellas que tanto dejaron volar la imaginación de los navegantes y de los poetas, seres prodigiosos que inventaron miles de relatos fantásticos, hipérboles de monstruos, fábulas de sirenas que animaron las veladas de familiares y amigos al calor de un hogar o que relataron fantasiosamente en las tabernas, un mundo avivado por el aroma de alguna exquisita cazuela de comida y paladeando un buen trago de licor.
Creo en el ser dadivoso que alfombró los valles de tulipanes, de margaritas, de romero y espliego, azucenas y rosales, explosiones milagrosas de colores que renacen cada primavera y nos invitan a recoger en los pulmones esa dulzura de aromas, dadores de vida que nos hacen sonreír.
Creo en el que le dio sonido a las olas, caracolas en vaivén, espumas alborotadas, encajes de mar encrespada, olor a sal, caricias de algas enredadas jugando a nuestros pies.
Creo en el que dejó correr, montañas abajo, los manantiales cristalinos, fuerza magistral de cataratas, jugos básicos para la vida de todo ser, creo en su delicadeza y gran amor dejando caer el agua en forma de nieve, curanderos de sed.
Creo en el que dio esplendor a la luz del sol dorando la mies, creo en el que dotó de melodías a los pájaros, gorgoritos acompasados, invitando a la continuidad de la especie, creo en el mismo Ser que le dio colores al arco iris, el que le dio néctares y sabores y texturas a las cosas... creo en el amor.
Creo firmemente en Aquél que nos prometió por medio de Juan una vida sin muerte ni sufrimientos, creo en Él, y más cuando nos dio garantía de su fidelidad rubricándola con la sangre preciosa de su mismo hijo, creo en Él cuando le dijo a Tito que no mentía, que sus promesas se cumplen sin falta, no vuelve a Él su palabra sin resultados; creo en Dios, sí, creo en Dios y bajo esas promesas y garantías espero su cumplimiento.
Quiero luchar por ese lejano sueño, lejano y a la vez tan cercano... tan mío... tan real... que incluso puedo palparlo con las manos, puedo sentirlo tan cerca que ni me atrevo a dudar, iré caminando paso a paso, cada vez más convencida porque sé tan certeramente que entraré en él si no me canso, por eso, mis deseos son de invitar a todos aquellos seres a los que les tengo profundo cariño a creer y a acompañarme. Hoy tengo un pie en la puerta y el otro en el umbral de ese paraíso, he sido invitada a participar en tan grandioso proyecto, espero estar a la altura de merecerlo y de aprender a conservarlo.
A veces me pregunto si no soy demasiado egoísta para pensar que sólo creo por lo mucho que me puede dar, a veces me avergüenzo por esperar tal herencia sin merecerlo, a veces medito si mi amor por Él es fidelidad completa... creo en Dios, aunque no sepa con certeza hasta que punto le amo.
Yo creo, cierto que creo, aun así, si no hubiese nada más, ningún mañana esperanzador, ningún paraíso, me bastaría con vivir hoy sabiendo que al menos existe la justicia, me conformo con lo que me dio, un conocimiento pleno, pero yo he creído, sí, creo por que he visto su mano extendida en vestigio de invitación, he sentido su abrazo alentador y franco, he visto su amor. Por eso mismo... creo en Jehová Dios.
viernes, 26 de mayo de 2023
martes, 9 de mayo de 2023
jueves, 1 de diciembre de 2022
martes, 22 de marzo de 2022
lunes, 6 de diciembre de 2021
martes, 22 de junio de 2021
jueves, 13 de mayo de 2021
jueves, 5 de noviembre de 2020
miércoles, 18 de marzo de 2020
Homenaje a los que sufren por el SARS covi 19
Mis queridos amig@s que sepáis que estamos aplaudiendo todas las noches por los que trabajan con los enfermos y para los enfermos, y también en especial por los que están padeciendo este virus.
⁃ Aplaudimos por vuestra recuperación
⁃ Aplaudimos para que no flaqueen vuestras fuerzas.
⁃ Aplaudimos para que sepáis que aunque no podamos veros os sentimos.
⁃ Aplaudimos para que nos escuchéis.
⁃ Aplaudimos para enviaros esperanza.
⁃ Aplaudimos para deciros que os queremos y esperamos.
Os queremos en las calles, en los parques, en los metros y autobuses, en el cine y teatro, en los restaurantes y terracitas. Os echamos tanto de menos que no nos acostumbramos al gran vacío que se nos queda por no veros. ¡Volved a casa! ¡Os esperamos!
⁃ Aplaudimos por vuestra recuperación
⁃ Aplaudimos para que no flaqueen vuestras fuerzas.
⁃ Aplaudimos para que sepáis que aunque no podamos veros os sentimos.
⁃ Aplaudimos para que nos escuchéis.
⁃ Aplaudimos para enviaros esperanza.
⁃ Aplaudimos para deciros que os queremos y esperamos.
Os queremos en las calles, en los parques, en los metros y autobuses, en el cine y teatro, en los restaurantes y terracitas. Os echamos tanto de menos que no nos acostumbramos al gran vacío que se nos queda por no veros. ¡Volved a casa! ¡Os esperamos!
martes, 11 de febrero de 2020
viernes, 24 de enero de 2020
jueves, 31 de octubre de 2019
miércoles, 25 de septiembre de 2019
P
|
rioridades.
A veces nos arrepentimos de
haber tomado una vía en vez de otra, otras veces nos alegramos de haber tomado
una decisión acertada para ese momento; no siempre es lo mismo para los demás
que para nosotros, ni los caminos de los demás siempre son más acertados.
Esto me recuerda, si me lo
permiten que lo relate con carácter simpático, a una cuestión que sin querer me
vi envuelta; contestando airada a una pregunta acerté con la cuestión de la
prioridad que le di a mi vida. Déjenme que lo relate:
Hace unos años me llamaron para
que limpiase un apartamento, ya que yo me dedico a la asistencia del hogar, o
sea limpiar casas por mi cuenta. En él habitaban de veraneo dos mujeres
entradas en años, cuando digo entradas en años hablo de los noventa, arriba o
abajo.
Las señoras en cuestión eran
hermanas y solteras, trabajadoras en su juventud en ministerios, huérfanas de
militar. ¿Qué por qué doy tantos datos? Se preguntarán. Porque quiero resaltar
que eran mujeres a las que la falta de la economía no las había visitado en su
vida. Tenían piso en Madrid mirando al parque del Retiro, un apartamento en
plena Costa del Sol, mirando a la playa, y del que eran asiduas en sus visitas
a dicho apartamento.
Su trato con los vecinos siempre fue amable, y
simpático; cuando me propusieron desde la portería el tema de limpieza… yo,
francamente, me desviví por atenderlas, claro está, no por el dinero, más bien
por el sentido de prioridad que una pone a veces, por aquello de mujeres solas…
mayores… amables…etc.
Bien, llega el día acordado, me
presento puntual, con ganas de ayudar, después de las sonrisas de presentación,
y de los saludos formales, les pregunto que qué quieren que haga, y que por
donde empiezo.
-
Bueno,
-me decía la más mayor-, puedes empezar por la terraza, te he preparado un
cepillo para que limpies las sillas de la terraza, que son de hierro y pintadas
en blanco, ¡mira qué bonitas son!
Me llevan dirección al balcón y caminan una detrás de la otra a paso tortuga,
lo normal a esas edades, yo lo entiendo. Me muestran el balcón y las sillas que
quieren limpiar, muy bonitas por cierto, de forja blanca, haciendo juego con la
mesita, muy ornamentadas, muy pesonas para mi gusto, no para el mío en
concreto, más bien pensaba en sus edades y fuerzas. Me da instrucciones para
que use un “bañito” (un cubito de plástico) con agua y amoniaco y un cepillo
para el trabajo.
-
¿…? ¡Era
un cepillo de dientes!
A decir verdad me quedé un poco perpleja, pensé que con eso me iba a tirar
todo el día, y viendo que aunque la casa no era grande, iba a echar más horas
de las que pensaba.
-
¿No
sería mejor usar un cepillo más grande? Les comenté yo, además si quieren
limpiar el resto de la casa se nos hará tarde.
-
No
tenemos otro, yo lo uso para limpiar por los agujeritos que son pequeños.
-
No se
preocupe yo traigo mi propio set de limpieza y creo que tengo uno más grande.
De todas formas usaré el suyo para las oquedades pequeñas.
No parecían muy contentas con la solución, pero las dejé pensándolo en el
balcón mientras yo me escapaba por un lateral en un descuido, en busca de mis
cosas de limpieza.
Ahí es donde me di cuenta de que el trabajo iba a ser más de psicología que
de limpieza, lo digo porque no me dejaban andar contándome toda su vida desde
que nacieron hasta ahora. Cada vez que intentaba coger agua de la cocina me
decían que en la cocina no entrase. ¿…? Yo necesitaba el agua, así es que me
dirigía al baño a ver si allí podía cogerla desde la ducha. Ahí estaba el
problema… el pasillo era estrecho, las dos mujeres escoltándome caminando a paso
de tortuga, hablándome de sus logros y su acaudalada familia. No podía meterles
prisa, ni decirles que me interrumpían mi trabajo; ante todo paciencia y
cortesía, me decía para mis adentros, pero me reconcomía de los nervios. En
ocasiones aprovechaba los descuidos de las dos hermanas para tomar un atajo por
la habitación que comunicaba con el balcón, y que me llevaba al baño. Menos mal
que se cansaban y se iban a sentarse al sofá a dar una cabezadita. ¡Les duraba
poco!
En cuanto abrían los ojos volvían a perseguirme, y a ponerse entre la
escoba y el recogedor. Volvían a mencionarme de nuevo sus actitudes para la
pintura y la escultura, me llevaban con el ¡mira! ¡mira! a donde tenían una
escultura hecha de papel de periódico pintada, y un cuadro que le habían hecho
a su difunto padre militar, ¡eso unas diez veces! No había manera de trabajar
en condiciones, para cuando me dejaban moverme ya no me acordaba qué estaba
haciendo yo, si barriendo o limpiando cristales. Y claro está, en cuanto me
localizaban con su lento andar volvían a escoltarme y a ofrecerme un zumito, “lo
habían comprado parta mí”, decían mientras me apuntaban a que usase un vaso
para tomarlo. ¡Qué lástima llegar a viejo y sólo! Aunque estas señoras eran dos
supongo que con los años que ya tenían era como estar solas, no había mucho que
contar, habían pasado toda la vida juntas.
Pues eso, que entre despiste y despiste podía
adelantar en el trabajo; cuando las veía venir a las dos en fila, y a pasito a
pasito, yo intentaba dar la vuelta en círculo por el salón al balcón, de allí a
la habitación y al cuarto de baño, y este a su vez daba al pasillo del salón.
Mientras hacían el recorrido me daba tiempo para limpiar algo. Me hablaban de
sus cosas desde lejos, y yo asentía con un “aja” desde lejos también, y cuando
las veía llegar otra vez les hacía el recorrido, pero esta vez al revés.
¡Pobres! Ahora me dan lastima, pero entiéndanme, es que si no lo hago así aún
estoy allí intentando salir del placaje que me hacían con sus charlas y
batallitas.
Con tanto paseíto persiguiéndome al final les dio
un sueño más largo y ahí las tenía a las dos en los sillones correspondientes
roncando a pierna suelta. ¡Ahora sí que pude adelantar bastante!
En un pis pas pude hacerles las camas sin que me
levantasen las sabanas tres o cuatro veces para enseñarme sus colchones nuevos,
me decían con sonrisita de media mueca: “Nosotras no nos orinamos”. Pude fregar
los suelos sin que me los pisoteasen, y limpiarles el baño con lejía sin que me
dijesen que olía muy fuerte.
Pero cuando iba a entrar a la cocina… ¡zas!, se
despertaron como a quien le suena una alarma de una central nuclear… y
enseguida me dijeron que en la cocina no; la verdad es que la cocina era lo
peor de la casa, ¡pero si en la cocina no, es que no! De nuevo volvieron a
rodearme en el estrecho pasillo de lo que da un apartamento de playa, y
volvieron a contarme de su bienestar en la casa de su padre militar, de sus
ganancias y su educación, de sus artes para los estudios y sus logros de
trabajar en ministerios etc… etc… Cuando les dije que a mí también se me daba
bien lo de la pintura y que había escrito algún libro que otro… sacando el
móvil pude enseñarles mi web y algunos cuadros que tenía expuestos… las dos se
miraron la una a la otra, y sin reparos me preguntaron que por qué me había
puesto a servir (servir en el argot de los años 50 querían decir ser una
criada, una chacha).
Ahí sí que me vine arriba yo y les dije: “Señora,
porque yo desde chiquita me dediqué a montar una familia y no a vivir de mis
padres, este trabajo me permite ganar un sueldo dignamente, atender a mi
familia numerosa, y a dedicar las horas al mundo laboral que a mí me vengan
bien, sin llevarme el trabajo a casa”.
¡ZASCA! ¡Prioridades señoras, prioridades! Cada
uno gasta su tiempo y vida en lo que le venga en gana. No les dije eso, por
supuesto, pero con ganas me quedé. Claro está que yo no tenía padres con
sueldazos ni herencias, ni piso en el retiro de Madrid, ni apartamento de playa,
pero si tenía una casa, y un monedero con dinero a diario, y la vida repleta de
todo.
¡Jolines! algo no debió de gustar porque no
volvieron a llamarme más. Me pagaron y adiós muy buenas. Lástima, porque yo las
tenía en estima por aquello de la edad y hacerle bien a los mayores. En fin, cosas
que pasan. ¿Saben qué? Al mucho tiempo me enteré del por qué no querían que
entrase a la cocina; una de las pocas veces que salieron a comer fuera se les
olvidó coger las llaves de casa a las dos, y claro a la vuelta no tenían como
entrar. Bajaron de nuevo a la portería y llamaron al portero en su hora de
descanso para que buscase a un cerrajero y poder entrar en su casa, pero cuando
este les dijo lo que cobraba… se llevaron las manos a la cabeza.
-“¡Qué barbaridad, válgame el señor!
¡Que no
venga, que con eso ponemos puerta nueva!
Mejor que entre el portero por la casa del vecino
y salte de balcón a balcón.
-Yo me decía para mis adentros: (Total, son cuatro pisos de altura, separados
por un cristal de vidrio armado que no se cae porque tienen una malla metálica
dentro, que si no ya estarían en la calle porque estaban como un puzle, y para más
inri el toldo estaba sujeto a la baranda, o sea que si se cae el portero…
hay más porteros para reemplazarlo)
Ahí es donde el portero me contó lo de no entrar a
la cocina, parece que guardaban las llaves en las cacerolas y algunas joyas de
valor entre los cacharros. Cosas de viejitos.
Con este relato quería dejar constancia de que las
prioridades de unos no son las de otros, cada cual pone énfasis en los asuntos
que mejor les convenga; ya ven, al final las pobres señoras fallecieron en una
residencia después de encontrarlas tiradas en el suelo de su piso de Madrid,
por tres días, parece que una se cayó y no podía levantarse, la otra fue a
ayudarla y se quedó también tirada en el suelo. El portero al ver que no
bajaban a comprar el zumo de las mañanas le extrañó y dio parte a las
autoridades. El juez se hizo cargo de las dos ingresándolas en una residencia,
sus pertenencias y sus ahorros fueron a parar a ONGs y a la iglesia. No tenían
descendencia, no quisieron gastar en su atención personal y se vieron
aguantando en una residencia el impedimento de no volver a su casa, por orden
del juez, hasta su fallecimiento.
Yo aquí estoy priorizando con mi futuro, si podré
entrar a una residencia cuando esté viejita, porque dinero no hay para lo que
piden, o meterme en casa de uno de mis hijos a molestarlos, ya veré llegado el
momento, ve tú a saber a dónde iremos a parar.
sábado, 23 de febrero de 2019
miércoles, 13 de febrero de 2019
jueves, 5 de julio de 2018
viernes, 1 de junio de 2018
jueves, 26 de abril de 2018
martes, 14 de noviembre de 2017
lunes, 9 de octubre de 2017
miércoles, 21 de junio de 2017
miércoles, 29 de marzo de 2017
martes, 14 de marzo de 2017
lunes, 6 de febrero de 2017
domingo, 27 de noviembre de 2016
domingo, 20 de noviembre de 2016
Crónicas Cazurras
Ya está a la venta el libro Crónicas Cazurras, libro en clave de humor que refleja en parte las vivencias de un pueblo de Castilla: La Fuente de San Esteban. También contiene algunas anécdotas de vida en otros lugares.
Se puede pedir en cualquier librería bajo demanda o bien mandando email a:
http://www.vampirodelibros.com/
Se puede pedir en cualquier librería bajo demanda o bien mandando email a:
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jueves, 27 de octubre de 2016
miércoles, 5 de octubre de 2016
Despistes.
Relato: Uno cortito, de despistes.
Verán,
una aún está fuerte y capaz, como cuando era joven, o eso al menos es lo que
creemos, que con un esfuerzo que se haga ya tenemos lumbago o ciática, por no
hablar de las tonterías que hacemos, yo no, aún no, no como mi madre, por ejemplo,
que andaba loca buscando las gafas de un lado para otro, y cuando le pregunto que qué busca me dice que
las gafas, que no sabía a dónde las había puesto, hasta que le dije:
-
Alma de cántaro,
¿qué es lo que llevas puesto que te hace ver bien?
-
Hay hija, (Dice tocándose las gafas en la cara)
que tontería, si es que me tienen loca los nietos, y claro una ya no sabe ni lo
que hace.
O
como cuando J.J. sale de casa y le pregunto:
-¿Llevas los
dos móviles? (El del trabajo y el particular)
- Si,
mira, unoooo y dooos. (Lo dice con guasa, como quien quiere decir que aún no
anda perdiendo la cabeza)
No
hace más que llegar al trabajo y me llama angustiado:
-
Oye, no habré soltado ahí el móvil, que con las
tonterías tuyas ya me has liado.
-
A ver, deja que mire… pues no, ¿Cuál te falta?
¿El de casa o el del trabajo?
-
El de casa, el de casa, que el del trabajo lo
estoy viendo encima de mi mesa y el otro no lo encuentro.
-
¿Desde qué móvil me llamas entonces?
-
Tu, tu, tu, tu, tu.
Me colgó
sin darme la opción de decirle eso de… alma cándida… que ya estas como mi
madre….
Bueno
pues algo parecido me pasó a mí en casa de mi hija, he de decir en mi defensa
que tan sólo había ido una docena de veces a la urbanización donde vive ella.
Se fueron de viaje y dejaron al cargo de las
tres nietas a otra de mis hijas, claro yo como sé que esta no está acostumbrada
a cuidar niños… pues me metí también en el encargo de cuidar a las nietas, y
allí me instalé una semana.
Se
agotaron los víveres a los cuatro días, decidieron entonces a ir al pueblo
cercano a comprar, y me dejaron al cargo de la casa a mi sola, se llevaron a la
mayor en el coche, y las dos peques, que
no querían ir se quedaron en la calle jugando con los vecinitos de la urbanización.
-
Mama, cuida de que no se te cierre la puerta, o
mejor te dejamos las llaves por si acaso, son estas, no las pierdas, por favor,
que no hay más.
Antes
de que arrancasen el coche salí corriendo para recordarles que olvidaban algo,
mi hija que no se fiaba de mi me pregunta que si he cogido las llaves, yo le
contesto con mucha seguridad que esas cosas no se me olvidan, ella me contesta
que me quedo sola en la casa y si me dejo las llaves dentro luego no podemos
entrar ninguno.
-
No te preocupes, todo está controlado.
-
Si te pasa algo llama a las chicas que rompan la
mosquitera, y te salten por la ventana.
-
Tranquila que aún no he cumplido los sesenta,
mira, las llaves, ¿lo veeees?
Se
van, los despido desde la carretera, me dispongo a entrar a casa de nuevo, y
meto la llave del portal…… Nada que no da vuelta, la saco, la meto de nuevo….
Nada que no, entrar entra, pero no va ni a derecha ni izquierda. Lo intento una
vez, dos, tres, cuarenta, un sol de justicia me estaba haciendo sudar, y yo
pensando a ver a quien llamo ahora que baje y me habrá, si no conozco a los
vecinos, y encima hay pocos en el
bloque. Después de llamar a unos pocos de timbres baja un joven descalzo a
abrirme y me dice:
-
Señora, ¿no habrá cogido usted otras llaves?
-
Pues no, que estas son las únicas llaves que
tenemos para abrir. (El joven se cree que ando senil y he cogido otras llaves
equivocada)
-
Bueno, pues tenga cuidado no sea que se le
cierre la puerta del bloque y no pueda entrar en casa, que nosotros nos vamos a
la piscina y no queda nadie en el bloque.
Lo
miro, le agradezco que me haya abierto y espero a que se marche, así me da
tiempo para ponerle un cartón a la puerta para que no se me cierre el portal,
por si las moscas. Cuando ya
oigo que cierra la puerta de su casa, me dispongo a meter la llave en la puerta
de la de mi hija, que vive en el bajo, y la saco, y la meto, nada que no, me mosqueo yo sola pensando que algo anda
mal, yo estaba segura de que eran las llaves y de que la puerta era el bajo
izquierda, lo que me mosqueaba era que entrar entraba, pero ni a derecha ni a
izquierda, oigan media hora tirando de la puerta, empujando, subiendo, bajando,
nada de nada.
Bueno,
pues a buscar a las peques, que a unas malas rompemos la mosquitera, y ellas me
abren desde dentro.
¿Creen
que es fácil encontrar a los niños en una urbanización grande? ¡Ni a voces los
encontraba! Ni mirando por toda la urbanización, ni preguntando a los que se
asomaban a las ventanas por si habían visto a los niños, unos te mandaban al
parque, otros a la piscina, otros al jardín interior; Por ningún sitio
aparecían, oigan, las voces que se oían eran de otros chiquillos, pero de mis
dos nietas nada de nada. Alguien dijo que a ver si se habían metido en casa de
algún amiguito. ¿Cómo se llaman sus amigos? Pues ni idea oiga, yo solo los
conozco por: “Mis amigos”.
Después
de agotada, acalorada, mosqueada, y todas las “adas” posibles, me rendí. Me
dije que me esperaría sentada en el rellano, a la sombra al menos, a que
regresasen de comprar y ya veríamos como hacer, al menos tardarían unas horas
en volver. En fin, que me resigné a ser yo ahora el motivo de risa y la
anécdota para los restos, eso de “Te acuerdas de tu madre que no habría la puerta y se quedó al sol…. “
Pues
me volví cabizbaja al portal en busca de
sombrita… miro la puerta… no tiene cartón… (Algún idiota ha salido y me ha
tirado el cartón, me decía para mis adentros)
Miro por los alrededores y ni se ve cartón en el suelo, miro al portal
siguiente y veo el cartón puesto en la puerta.
Miro
arriba al número, miro arriba al portal siguiente, me pongo a pensar, callada
me dirijo al portal sin cartón, abro a la primera… meto la llave en la puerta
de casa, a la primera abre… cierro tras de mi sin que me vea nadie… y a disimular.
¿Qué pasó? Pues lo que están
pensando, que me confundí de portal y me empeciné en que era el otro. Cosas que
pasan, pero no vayan a pensar que yo también desvarío ya, no, que vaaaa, es que
solo había ido unas doce veces a esa casa y aún no había memorizado la
ubicación, y yo por desgracia soy de las que entran al centro comercial y como
me den dos vueltas ya no sé dónde está la salida, en eso me parezco a mi pobre
padre, que se perdía en el piso nuevo y no encontraba el salón, y eso que no
medía más de 75 metros la casa.
En
fin, cosas que pasan.
jueves, 8 de septiembre de 2016
miércoles, 7 de septiembre de 2016
jueves, 4 de agosto de 2016
EL ATAÚD.
EL ATAÚD.
Este relato no va de muertos, si no de vivos, que son los que más miedo dan; Por si esperaban una historia macabra, que uno se hace ilusiones y al final se desilusiona por no aparecer el inquilino del ataúd.
Verán, corrían los años 50, más o menos, por La Fuente de San Esteban, donde las jóvenes casaderas o recién casadas, acudían a aprender a coser, o ya cosían para otros, era una manera de ganar unas perras para casa, no daban mucho, pero perra gorda o chica que entraba en casa bienvenida era. En la Sección Femenina, que era una asociación creada para las mujeres amas de casa, o futuras amas de casa, se podía aprender la costura, el corte y confección y los arreglos de los trajes típicos.
Se hacían algunas señoras, a medida, los trajes típicos de Salamanca, el afamado traje CHARRO, con todas las letras, ¡sí señor!, que no sé si será el más bonito de España, pero seguro que es el más costoso de hacer, con tanto abalorio y lentejuela, que si el jubón, que si la esclavina, el mandil, el manteo, el pañuelo de los hombros, las medias caladas, los peleles, etc. etc. Pues eso, que había quien pagaba y había quien se dejaba los ojos en los hermosos bordados; para aquellos años no solía haber instalaciones preparadas para esos menesteres, así es que se hacía en un local a donde las jóvenes, como rutina, acudían a coser.
En este caso la infraestructura se reutilizaba para el negocio inquebrantable de la funeraria, bueno funeraria, funeraria… no sé, aprovechaban el espacio para colocar los ataúdes, alguno que otro amontonado uno encima del otro, y uno de exposición subido en borriquetas, en algún lugar habría que ponerlos, que entonces no se conocían ni los tanatorios, y allí es a donde iban nuestras madres y tías a coser, por ejemplo mi Madre Pepa, y mi tía Fore.
Viendo que no había mucho a donde ir a divertirse algunos jóvenes hacían de las suyas a donde podían, cualquier lugar era bueno, un inciso, nuestros jóvenes de entonces hacían botellones, no como los de ahora, pero sí que compraban una caja de caseras y se reunían alrededor de ella para beber y hartarse de reír, a lo que íbamos, después de reunirse unos pocos a alguno se le iluminó la cebolleta que tenían por cabeza, y pensaron en gastarle una broma a las mozas que estaban a punto de entrar a la costura.
En esas andaban ideando su fechoría, para cuando llegó la hora de entrar las señoritas ya habían montado su gatuperio (embrollo) se quitaron del medio disimuladamente, serios y muy formalitos esperaron a recoger los resultados.
Entran las chicas calladas, como quien entra a misa, es normal, lo de tener ataúdes en el local no era frecuente, y si encima no estaban acostumbradas a ver muchos entierros, pues eso, que ni televisión había para haber visto películas sangrientas de Drácula ni zombis, o sea que no estaba curadas de espanto.
Se sientan, empiezan con sus hilos y cosidos, alguna empieza una conversación tímidamente, cuando se oye un ruido extraño…
¡FRUFRÚ-FRUFRÚ!. (El ruido de la seda o del nailon al rozar)
- ¡Calla que se oye algo!
- ¡Amos anda que se va a oír!
Y el ruido para. Vuelven a tomar confianza y retoman la charla y vuelven a oír un ruido raro… como de rascar y gemir…
¡RAS, RAS, RAS! ¡GRRRR!
-¡Aquí hay alguien!
-¡Pues yo no miro!
-¡Mira tú detrás de las cajas!
-¡Mira tú, que tu padre es guardia civil!
- ¿Y eso qué tiene que ver?
Ahí es cuando se oye un intento de carcajada disimulado, con un gemido largo.
¡JJJJJGRRRR!
Todas se ponen en pie, intentan mirar a ver si hay alguien detrás de las cajas, pero sin moverse del sitio, nada, ni debajo, ni detrás ni delante, ni encima, la intriga estaba servida, ya sólo les queda intentar mirar dentro, pero… ¿quién va a ser la valiente?
-¿Quién anda ahí?
Nadie contesta, tan solo un sonido de rascar madera con las uñas.
¡RAS, RAS, RAS!
-Dios mío ¿habéis oído?
- ¡Sí, ahí hay alguien!
- ¡Mira que si han dejado a alguien dentro y no nos han avisado!
-¡Pues yo no miro!
- ¡Yo tampoco!
Cuando más inquietas estaban, con el corazón palpitando del miedo, con los ojos de par en par mirando para las cajas, un joven muerto de risa les salta por la espalda dando un grito de:
¡GUAAAAAA!
¡AAAHHH!
¡AAAHHH, AAAHHH! ¡AAAHHH, AAAHHH!
¡AAAHHH!
Ni que decir tiene que el susto fue mayúsculo, se dieron la vuelta de repente dejando las cajas a su espalda para ver qué o quién era y sale otro dentro de la caja dando otro ¡GUAAAAAA!
Se dieron de nuevo la vuelta para dirigir la mirada al nuevo sonido, el ataúd que se abrió, ahí alguna ya se desplomó, las piernas les temblaban, la boca seca, los nervios a flor de piel, tardaron un poco en sobreponerse del susto, hasta que reaccionaron y reconocieron las caras de los infractores de la fechoría pasó un buen rato.
Los chicos se quitaron pronto de la vista de las jóvenes, y las dejaron con el susto en el cuerpo. Sí, porque si se quedan…
Ya ven, las anécdotas verídicas que ocurrían en nuestro querido pueblo de La Fuente, con sus gentes llanas y a veces traviesas, y quedan de recordatorio para contar cuando se está lejos de la tierra y la morriña hace mella.
P.D. Gracias a que el chorizo de Salamanca lo hay ya en todas partes, y con un buen cacho de pan, una buena tajada de chorizo culero, y un vaso de vino, se quitan todas las penas. Estoy pensando en comprarme un porrón, como el de mi tío Pompeyo, el hermano de Teresa la cachurra.
Este relato no va de muertos, si no de vivos, que son los que más miedo dan; Por si esperaban una historia macabra, que uno se hace ilusiones y al final se desilusiona por no aparecer el inquilino del ataúd.
Verán, corrían los años 50, más o menos, por La Fuente de San Esteban, donde las jóvenes casaderas o recién casadas, acudían a aprender a coser, o ya cosían para otros, era una manera de ganar unas perras para casa, no daban mucho, pero perra gorda o chica que entraba en casa bienvenida era. En la Sección Femenina, que era una asociación creada para las mujeres amas de casa, o futuras amas de casa, se podía aprender la costura, el corte y confección y los arreglos de los trajes típicos.
Se hacían algunas señoras, a medida, los trajes típicos de Salamanca, el afamado traje CHARRO, con todas las letras, ¡sí señor!, que no sé si será el más bonito de España, pero seguro que es el más costoso de hacer, con tanto abalorio y lentejuela, que si el jubón, que si la esclavina, el mandil, el manteo, el pañuelo de los hombros, las medias caladas, los peleles, etc. etc. Pues eso, que había quien pagaba y había quien se dejaba los ojos en los hermosos bordados; para aquellos años no solía haber instalaciones preparadas para esos menesteres, así es que se hacía en un local a donde las jóvenes, como rutina, acudían a coser.
En este caso la infraestructura se reutilizaba para el negocio inquebrantable de la funeraria, bueno funeraria, funeraria… no sé, aprovechaban el espacio para colocar los ataúdes, alguno que otro amontonado uno encima del otro, y uno de exposición subido en borriquetas, en algún lugar habría que ponerlos, que entonces no se conocían ni los tanatorios, y allí es a donde iban nuestras madres y tías a coser, por ejemplo mi Madre Pepa, y mi tía Fore.
Viendo que no había mucho a donde ir a divertirse algunos jóvenes hacían de las suyas a donde podían, cualquier lugar era bueno, un inciso, nuestros jóvenes de entonces hacían botellones, no como los de ahora, pero sí que compraban una caja de caseras y se reunían alrededor de ella para beber y hartarse de reír, a lo que íbamos, después de reunirse unos pocos a alguno se le iluminó la cebolleta que tenían por cabeza, y pensaron en gastarle una broma a las mozas que estaban a punto de entrar a la costura.
En esas andaban ideando su fechoría, para cuando llegó la hora de entrar las señoritas ya habían montado su gatuperio (embrollo) se quitaron del medio disimuladamente, serios y muy formalitos esperaron a recoger los resultados.
Entran las chicas calladas, como quien entra a misa, es normal, lo de tener ataúdes en el local no era frecuente, y si encima no estaban acostumbradas a ver muchos entierros, pues eso, que ni televisión había para haber visto películas sangrientas de Drácula ni zombis, o sea que no estaba curadas de espanto.
Se sientan, empiezan con sus hilos y cosidos, alguna empieza una conversación tímidamente, cuando se oye un ruido extraño…
¡FRUFRÚ-FRUFRÚ!. (El ruido de la seda o del nailon al rozar)
- ¡Calla que se oye algo!
- ¡Amos anda que se va a oír!
Y el ruido para. Vuelven a tomar confianza y retoman la charla y vuelven a oír un ruido raro… como de rascar y gemir…
¡RAS, RAS, RAS! ¡GRRRR!
-¡Aquí hay alguien!
-¡Pues yo no miro!
-¡Mira tú detrás de las cajas!
-¡Mira tú, que tu padre es guardia civil!
- ¿Y eso qué tiene que ver?
Ahí es cuando se oye un intento de carcajada disimulado, con un gemido largo.
¡JJJJJGRRRR!
Todas se ponen en pie, intentan mirar a ver si hay alguien detrás de las cajas, pero sin moverse del sitio, nada, ni debajo, ni detrás ni delante, ni encima, la intriga estaba servida, ya sólo les queda intentar mirar dentro, pero… ¿quién va a ser la valiente?
-¿Quién anda ahí?
Nadie contesta, tan solo un sonido de rascar madera con las uñas.
¡RAS, RAS, RAS!
-Dios mío ¿habéis oído?
- ¡Sí, ahí hay alguien!
- ¡Mira que si han dejado a alguien dentro y no nos han avisado!
-¡Pues yo no miro!
- ¡Yo tampoco!
Cuando más inquietas estaban, con el corazón palpitando del miedo, con los ojos de par en par mirando para las cajas, un joven muerto de risa les salta por la espalda dando un grito de:
¡GUAAAAAA!
¡AAAHHH!
¡AAAHHH, AAAHHH! ¡AAAHHH, AAAHHH!
¡AAAHHH!
Ni que decir tiene que el susto fue mayúsculo, se dieron la vuelta de repente dejando las cajas a su espalda para ver qué o quién era y sale otro dentro de la caja dando otro ¡GUAAAAAA!
Se dieron de nuevo la vuelta para dirigir la mirada al nuevo sonido, el ataúd que se abrió, ahí alguna ya se desplomó, las piernas les temblaban, la boca seca, los nervios a flor de piel, tardaron un poco en sobreponerse del susto, hasta que reaccionaron y reconocieron las caras de los infractores de la fechoría pasó un buen rato.
Los chicos se quitaron pronto de la vista de las jóvenes, y las dejaron con el susto en el cuerpo. Sí, porque si se quedan…
Ya ven, las anécdotas verídicas que ocurrían en nuestro querido pueblo de La Fuente, con sus gentes llanas y a veces traviesas, y quedan de recordatorio para contar cuando se está lejos de la tierra y la morriña hace mella.
P.D. Gracias a que el chorizo de Salamanca lo hay ya en todas partes, y con un buen cacho de pan, una buena tajada de chorizo culero, y un vaso de vino, se quitan todas las penas. Estoy pensando en comprarme un porrón, como el de mi tío Pompeyo, el hermano de Teresa la cachurra.
miércoles, 20 de julio de 2016
lunes, 4 de abril de 2016
Breve.
“Como ola impelida por el viento,
alborotada,en torbellino movimiento,
espuma blanquecina y juguetona,
así de sacudida yo me siento
al ver venir a tu persona.
La fragancia, olores
del viento contrapuesto,
avisan en murmullo a las flores,
que en suspiros de acompañamiento
oscurecen sus aromas y colores
al paso de tu hermoso temperamento”.
alborotada,en torbellino movimiento,
espuma blanquecina y juguetona,
así de sacudida yo me siento
al ver venir a tu persona.
La fragancia, olores
del viento contrapuesto,
avisan en murmullo a las flores,
que en suspiros de acompañamiento
oscurecen sus aromas y colores
al paso de tu hermoso temperamento”.
miércoles, 16 de marzo de 2016
lunes, 18 de enero de 2016
El ratón Federico
El astuto Federico
tiene cola tiene hocico,
la mirada de espía
pata larga y cuerpo chico.
Entra y sale entre los potes
con el queso en los bigotes,
anda a saltos todo el día
escondido y dando botes.
Federico es un moderno,
bebe vino en el invierno,
en verano la sandía,
cata el queso sin gobierno.
Es una lima de acero
royendo de enero a enero,
el queso es su idolatría
y la ropa del ropero.
¡Harta me tiene el gazapo!
Poniendo trampa no atrapo.
Ni con gato se hastía.
¡Como lo pille lo estampo!
Se mete en el gallinero,
se estremece hasta el carnero,
que del miedo escaparía
corneando al ganadero.
Entra en casa del vecino,
se le caga en el comino
que a la matanza echaría
con el pimentón molido.
Luego viene mi vecino,
con la probadura en mano,
toma y prueba, me decía,
lo rica que me ha salido.
A un flautista he contratado,
buenos cuartos he pagado,
dice que no volvería
por dejarlo encantado.
Federico que ha oído
de la flauta su sonido
se ha puesto en romería
sacando el queso y el vino.
Los dos se han emborrachado,
al carnero han sacado
de juerga y correría,
y en sus lomos se han montado.
Con el ruido que han formado
ha salido el ganadero,
pensando que ayudaría
se une al divertimento.
Por si fuera poco evento
el vecino muy contento
saca el jarro de sangría
y la carne que ha embuchado.
¡Harta me tiene el gazapo!
Ya no es uno si no cuatro
que se han puesto en rebeldía,
¡Saco la escoba y lo estampo!
Uno por uno lo atrapo
mientras el vino hace efecto,
aunque gaste más de un día.
¡A los cuatro a tomar viento!
domingo, 13 de diciembre de 2015
Meditando
Medito en lo que he hecho en la vida,
yo misma me doy un rapapolvo,
luego recuerdo que somos barro y polvo
me doy la vuelta y me quedo dormida.
yo misma me doy un rapapolvo,
luego recuerdo que somos barro y polvo
me doy la vuelta y me quedo dormida.
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